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El niño Jaime

Jaime…, “el niño Jaime”…, como le decía Kravis, la empleada por mucho tiempo de mi mamá, nació con una carga cósmica muy fuerte. El día que él nació, a mi mamá le dio la primera trombosis.

Mi papá le quería poner solamente el nombre: Hernando, porque así se llamaba un primo de él. Pero a mi mamá no le gustaba ni el primo, ni el nombre. Entonces, a última hora le acomodaron el nombre de Jaime porque “sonaba bonito”: Jaime Hernando.

 

Jaime, fue un niño “especial”. En términos de hoy en día, fue un niño superdotado, súper inteligente, casi genio, con trastorno de déficit de atención, con hiperactividad, y yo añadiría, con un matiz de locura. Desde muy pequeño fue un niño muy precoz.

 

Sus habilidades desde la edad pre-escolar fueron propias de un niño de edad avanzada. Por eso en los colegios las pobres maestras, no sabían cómo lidiar con un estudiante como él, porque en ese entonces no había educación especial, y no se lo aguantaban.  Como aprendía todo súper rápido, en el colegio se aburría con las clases fácilmente y perdía el interés y siendo hiperactivo, buscaba siempre algo que hacer, lo que generalmente no era del agrado de las profesoras.

En el colegio desde kínder en todas las materias sacaba 5 e incluso “5 aclamado”, excepto en disciplina y conducta. Entonces en todas las libretas de calificaciones le escribían la misma retahíla: “excelente estudiante, muy inteligente, pero muy indisciplinado”.      

 

Pasó por un montón de colegios, de universidades y hasta por el seminario menor. Para hacer el bachillerato casi hace cada curso en un colegio diferente porque de todas partes lo echaron. Eso fue un vía crucis para mi mamá porque cada año le tocaba a ella ir a rogar y a llorar a un colegio distinto para que se lo recibieran.

Ya en la etapa del bachillerato en la libreta de calificaciones de Jaime, le añadieron otros adjetivos como: “estudiante muy inteligente, pero muy irreverente e irrespetuoso con sus superiores”.   

 

Por esta constante indisciplina, Jaime, creo yo, fue el que recibió más castigos de mi mamá, ya fueran en forma verbal, pero en su mayoría eran físicos, porque esa era la manera de educar y de disciplinar y “porque la letra con sangre entra”.

 

Jaime tenía buena suerte y a veces abusaba de ella. Pero en ocasiones también era como de malas. Cuando éramos chiquitos, y todos hacíamos alguna pilatuna, primero yo, luego Alfredo, no pasaba nada porque mi mamá no nos agarraba. Marisol no participaba en esas actividades, porque era la más chiquita, era la niña de la casa, era la reina de la casa y era la más consentida. Pero cuando Jaime hacía la misma pilatuna, de últimas, ¡…preciso…! llegaba mi mamá y lo pillaba y ahí venía el castigo, que variaba desde una muenda o hasta ponerlo a hacer oficio, como trapear el piso, porque barrer o sacudir el polvo, no se podía porque era alérgico al polvo. Cuando barría, enseguida comenzaba a estornudar sin parar y a mi mamá le daba lástima y creo que algo de miedo de que se enfermara.

 

Con el castigo de la trapeada, las cosas parecían que se habían calmado, que mi mamá había quedado satisfecha con la sanción, y que Jaime se había salvado de la tunda. Pero cuando comenzaba a trapear y no lo hacía como a mi mamá le gustaba, entonces venía otro regaño y mi mamá le decía “¡…es que es más bruto..!”, a lo que seguía la respuesta de Jaime “…somos, decía  la cartilla…” y ahí sí ya no se salvaba de la tunda.

 

Finalmente lo graduaron de maestro, en La Normal de la Universidad Libre, con la ayuda y la palanca de Monseñor Sánchez y de las Hermanas de La Paz, a pesar de que ellas también lo habían expulsado de otra escuela normal por burlarse de la Madre Directora.

 

Jaime resultó ser un excelente maestro. Maestro de escuela, no maestro de obra. Aunque le gustaba imitar a los maestros de obra también. Tal vez porque por imitar a los maestros de obra no lo podían expulsar del colegio. Y cuando se trataba de enseñar algo serio, él tenía la capacidad de explicar todo como “p’a brutos”. En forma muy sencilla, sin complicar y sin enredar las cosas.

 

En la casa, tuvo varios sobrenombres, desde “el Pote”, o  “gordito”, porque cuando era chiquito, era bien gordo, hasta “cuchito” porque hacía una cara como de viejito para enternecerlo a uno y conseguir lo que estaba pidiendo.

Pero de todas maneras el apodo favorito de mi mamá era “gordito”, porque Jaime era “su gordito”.

 

Desde siempre, remedó a mucha gente y se burlaba de todo el mundo inclusive de mi mamá, lo que le acarreó tener que aguantarse unas muendas tenaces. La imitación fue una cualidad que creo, heredó de mi papá, Félix María. Remedaba a mi mamá, a mis hermanos, a mí. Ya de adulto, si es que alguna vez creció, y cuando la televisión lo convirtió en un producto de consumo, remedó a todos los personajes de moda.

 

A todos, excepto, al Padre García Herreros, porque por orden estricta de mi mamá que lo vio un día en televisión remedando al Padre del Minuto de Dios, ella le dijo “…Cuidadito vuelve a remedar al Padre García Herreros o al Santo Padre. ¡…Jáaaayyyy…! …si lo vuelvo a ver…, ¡…téngase de atrás…!”.  Santo remedio. Nunca más remedó, ni imitó, ni se burló de nadie que tuviera que ver con la religión o con la iglesia, porque mi mamá era una persona súper religiosa y muy rezandera. 

 

Más tarde de la que sí se burlaría en cada programa fue de mi mamá, que la retrataba en Dioselina Tibaná, con su hablado y sus dichos “hondanos”, como “¡…cojan oficio…!”, o “¡…Dios los perdone…!”. 

De mi mamá, Ana Daisy, heredó la generosidad y la compasión por los que tenían poco o menos que él.

Cuando Alfredo y yo estábamos comenzando el bachillerato, mi mamá nos fritaba unas arepas y nos las empacaba en un talego para que las lleváramos de onces y nos las comiéramos a la hora del recreo. 

 

Como las arepas eran ricas, Alfredo le dijo a mi mamá que los otros niños del salón se habían interesado en las arepas y querían comprárselas a la hora del recreo. Entonces mi mamá le fritaba unas arepas extras para vender.

Jaime quiso copiarse del gran negocio de Alfredo y le pidió el mismo favor a mi mamá, unas arepas fritas extras. 

Esa tarde cuando regresamos del colegio, Alfredo le mostró a mi mamá la plata, producto de su negocio.  Y cuando mi mamá le preguntó a Jaime, que cuánto se había ganado con la venta de las arepas, la respuesta de Jaime fue: “…noooo, maíta… cuando saqué las arepas para venderlas, el niño del pupitre de al lado, estaba pálido, pálido, amariiiiiiillo, y me contó que no había desayunado porque la mamá no tenía plata… entonces yo se las regalé…”. 

Jaime siempre “vio al mundo desde otra perspectiva”, como le decía Gaviria cuando trabajaba para él en la presidencia.  

 

Pero para mí, toda la vida se me hizo una jartera tratar de hablar con Jaime de cualquier cosa importante, porque todo lo volvía chacota y recocha y nunca se ponía serio hasta que tocaba regañarlo antes de iniciar el diálogo y ahí sí respondía con algo de seriedad; no mucha, pero algo se lograba sacar del diálogo.  

 

A Jaime, le encantaban los retos; tanto tenerlos como proponerlos. Cuando estaba en kínder, tenía 5 años, y el primer día de clases, cuando la profesora tuvo que salir un momentico del salón, Jaime resultó diciéndoles a los otros niños: “…le regalo mi lápiz al que llegue más alto...!!!!”. Y todos los chinos se pusieron como locos a encaramar los pupitres, uno encima del otro y cuando la maestra regresó al salón, encontró una montaña de pupitres como en una demolición y a un niño encaramado en la cúspide. Cuando la profesora hizo las averiguaciones pertinentes, Jaime se quedó castigado a la hora del almuerzo.

 

Cuando mi papá murió de cáncer en el cerebro, tenía 38 años, y fue un golpe muy duro para todos. Mi mamá  quedó viuda, con una mano adelante y una atrás y con cuatro lindos hijos que sacar adelante y que mantener. Marisol tenía 6 años, Jaime tenía 8 años, Alfredo tenía 10 años y yo, Jorge, tenía 13 años. Quedamos pobres y de ahí en adelante sobrevivimos  gracias a la ayuda y al apoyo de la familia materna, a Monseñor Sánchez y a las Hermanas de La Paz.

La muerte de mi papá nos marcó fuertemente a todos por lo pequeños que éramos cuando ocurrió, pero especialmente más a Jaime y a mí. De ahí en adelante a Jaime le hizo mucha falta, igual que a mí, un papá. En ese entonces éramos muy unidos. 

 

Por eso Jaime siempre estuvo en búsqueda de un papá y a todas las figuras paternas que conocía se les apegaba. Primero se me apegó a mí, yo tenía 13 años, él tenía 8 y luego a mi tío Alberto. Después, con más años, conoció a más personas que le reemplazaron esa ausencia de un papá, como Alfonso Fidalgo, Pastrana, Gaviria, Yamid Amat, y a otros que yo no conocí. 

 

Toda la vida, siempre hubo alguien angustiado por Jaime. Su primer nombre, “Jaime”, constantemente estuvo en boca de todos en la familia y muchas veces en situaciones angustiosas. Una de las personas que vivió todas esas preocupaciones de primera mano fue mi mamá, por supuesto, y otra persona que corrió una suerte parecida fue mi tía Soledad. Ella califica a Jaime como “el hombre que tuvo las 7 vidas del gato”.

 

Mi tía Soledad recuerda que vio morir a Jaime en más de una ocasión.

Mi tía Soledad nos llevaba de vacaciones a todos los sobrinos y sobrinas cada que podía, para que cambiáramos de clima y tal vez para que mi mamá descansara de nosotros. En algunas ocasiones lo hacía por grupos porque no cabían tantas personas en el carro del novio de ella.

 

Ella me contó que en una ocasión fueron a una finca en La Vega, Cundinamarca. Jaime tenía como 8 años. La finca se llamaba Las Margaritas y en esa finca había un burro que se llamaba “Antonio”. El burro le pertenecía a uno de los cuidanderos de la finca y era su instrumento de trabajo. En esa oportunidad Jaime de 8 años, Alfredo de 10 años y creo que mi prima Patricia de 10 años también, se levantaron temprano, se treparon en el burro, sin saber montar, y sin permiso de nadie, se desaparecieron durante todo el día. El señor dueño de Antonio, se puso furioso, porque no pudo ir a trabajar, porque no tenía a su burro, y la mayor angustia fue que los 3 niños se perdieron y nadie sabía de su paradero. Al fin, como a las 5 de la tarde regresaron felices, con el burro, y el regaño tuvo que ser tenaz.

Jaime era muy arriesgado, era aventurero, soñaba despierto y no quería llegar a los 50, porque “es cuando todos los males le salen a uno”.

 

Cuando tenía como diez y siete años estando en Coveñas en la cabaña de mi tía Soledad, un día se montó en una balsa de plástico, con Alfredo y con Guillermo Sabogal, un amigo de ellos y se fueron remando por lo pandito, pero la marea subió y se los llevó mar adentro. Como a las 5 de la tarde y cuando menos se esperaba, llegaron unos pescadores a buscar a mi tía Soledad a decirle “…Niña Sole, el niño Jaime está mar adentro y el mar está pica’o”.

La angustia de mi tía fue mayúscula. Enseguida los pescadores sacaron sus canoas y junto con los de la defensa civil se fueron a buscarlos. Por fin los encontraron. Cuando llegaron a tierra firme, los pasajeros le echaron toda la culpa a Jaime de haberlos convencido de remar mar adentro. En esa ocasión, mi tía Soledad recuerda que a Jaime sí le dio miedo.

 

En otra ocasión cuando estudiaba en un colegio cooperativo, Jaime tendría como 12 ó 13 años, el colegio los llevó en bus de paseo a Villavicencio. Por el camino el bus paró, y como estaban cerca de un puente muy alto sobre un río que no nos acordamos cómo se llama, los compañeros de Jaime lo retaron a que se botara al río.

 

Jaime les dijo “… y ¿qué me dan…?”. Uno de los que lo retaban llevaba una máquina de retratar. Entonces le dijo a Jaime que si era capaz de botarse al río, desde el puente, le daba la máquina de retratar. Y así lo hizo. Se tiró, se reventó la nariz, salió todo aporreado, casi se mata y el profesor le pegó un regaño de padre y señor mío.

Cuando tenía como 6 años, mi tía Soledad lo llevó a Honda de paseo, al Hotel Hondama. Al llegar le dieron instrucciones exactas de no tirarse en la parte profunda de la piscina. Pero más duraron en voltearse, que en Jaime lanzarse al agua y no sabía nadar. Alfredo estaba con él y lo veía sacar la cabeza y volverla a consumir, pero no decía nada. Por fin, Alfredo avisó. Cuando lo sacaron, Jaime estaba morado, no respiraba,  le dieron respiración artificial, y lo resucitaron. 

 

 Uno de los accidentes más graves que sufrió, fue cuando tenía 9 ó 10 años. Iba en el bus del colegio para la casa y el chofer abrió la puerta antes de parar y Jaime se salió del bus. Se fracturó la base del cráneo y quedó totalmente paralizado. Lo llevaron a urgencias al Hospital de la Hortúa y sobrevivió. Luego lo trasladaron al Hospital Infantil Lorencita Villegas de Santos, donde los médicos y las enfermeras le tuvieron que enseñar a hablar y a caminar de nuevo.

 

Cuando creció y llegó a la edad adulta, se volvió muy supersticioso y no contaba los planes porque según él, “…si los cuento, no se me cumplen…”.

 

Cuando vino a Estados Unidos, a visitar a la familia en Arizona todo le parecía grande y exagerado. El primer día me dijo, emocionado, que sentía como ganas de volver a Colombia y regalarle a TODO el mundo un pasaje para que vinieran a conocer lo que él estaba viendo. Pero después de 3 días, la frase que repetía era “…todo muy bonito, muy arregladito, muy limpiecito, pero yo me voy p’a mi casa…”.

 

Siempre le gustaba estar rodeado de gente, pero a veces le gustaba estar solo. Le encantaba el mar. En Coveñas era amigo de todo el mundo en la playa. A “Pelapoyo”, el pescador vecino del ranchito de mi tía Soledad, le decía que lo convidara a ir a pescar temprano por la mañana, porque a Jaime le gustaba madrugar.  

 

En Coveñas le encantaba coger cangrejos o “jaibas” y le gustaba ponérselas encima para que le caminaran por todo el cuerpo. A mi tía Soledad le parecía terrible verlo todo lleno de cangrejos por todas partes y más terrible que le pusiera los cangrejos a mi prima María Teresa a caminarle por el cuerpo. Pero ella se dejaba porque tenía como 3 ó 4 años de edad y no se asustaba.

Cuando Alfredo se fue para Estados Unidos, Jaime heredó casi todos los amigos de Alfredo.

Cuando creció y ya era adulto, siguió siendo un niño. Cuando yo llamaba a la casa, y contestaba un niño de voz chillona, y decía “¿Aló?” (con voz chillona), yo ya sabía que era él y lo que seguía era: “¡…páseme a mi mamá…!”.

Ya siendo grandes, nos hablábamos menos que antes, pero nunca faltó la llamada de año nuevo. La navidad sí se la saltaba.

 

Jaime me llamaba a Arizona cuando estaba o muy contento, o muy triste. Como por ejemplo cuando Gaviria leyó un discurso que había escrito Jaime por encargo de Gaviria. O cuando peleaba con Claudia Arango, el verdadero amor de su vida, y me llamaba a pedirme consejo de qué hacer y yo le sugería las consabidas fórmulas de “llévele chocolates”, “mándele flores”, “dele tiempo, que eso se arregla”, porque yo no sabía qué más hacer y me daba angustia el oírlo tan desesperado.   

A mí, el niño Jaime, me hace mucha falta, porque ya no tengo con quién burlarme de toda la familia ni quién me explique “como p’a brutos”, por qué pasa lo que pasa en el país y por qué los políticos hacen lo que siguen haciendo, porque desde lejos, no entiendo mucho el absurdo de lo que pasa día a día.

A mí me hace mucha falta… y creo que a todos nos hace falta…  porque él nos enseñó a ver el mundo desde otra perspectiva, y quería cambiarlo.  

 

A Jaime le pegaron y lo castigaron más que a todos los demás. Pero mi mamá lo adoraba y nunca le quitó su apodo de “mi gordito”.

 

Le encantaban los animales y todo lo que tuviera vida y mi mamá, le aceptaba todo lo que llevaba a la casa a pesar de nuestro rechazo, a veces. Ella nos convencía para que los aceptáramos. Una vez llegó con una mirla; otra vez llegó con un perro, que resultó ser perra, y que daba vueltas y vueltas y vueltas como loca, y por consiguiente la bautizó “perra loca”. El motivo para llevar los animales a la casa era siempre el mismo. Que estaba herido, o que estaba abandonado, o que nadie lo quería y que él había sentido lástima por el pobre  animalito.

 

Un día enfrente de la cabaña de mi tía Soledad en Coveñas, una “jaiba”, o cangrejo, estaba atravesando la carretera para llegar al mar. Jaime enseguida paró el tráfico para que nadie la fuera a lastimar y todos los carros, y los camiones se preguntaban qué estaba pasando y por qué era el trancón. Todo estaba saliendo a la perfección hasta que pasó una moto y “¡…púm…! aplastó a la pobre “jaiba”. El pobre Jaime quedó súper frustrado y todo el mundo se rió de él.

 

Cuando era chiquito le encantaba el pan francés de la panadería El Cometa. Ya de grande le encantaba el ajiaco. De chiquito también le encantaba el vinagre. A toda la comida le echaba vinagre en cantidades y aunque mi mamá le cocinara el plato más exquisito, él lo decoraba y lo “inundaba” de vinagre antes de comérselo.

 

Cada uno recuerda a Jaime a su manera. Bien sea porque tuvo algún contacto directo con él, o porque le parecía simpático por lo irreverente, o porque le sentía antipatía por la desfachatez con que decía las cosas, o porque lo vio como producto de masas por la televisión.

Una de las personas que tuvo contacto directo con él, cuando Jaime era ya adulto, es el ingeniero Gabriel Vargas Gilede, un exnovio de mi prima Margarita. Y Gabriel lo recuerda así:

Cito algunas de sus palabras del mensaje que Gabriel le envió a Marisol ayer:

“Estimada Marisol:

Infortunadamente el día 13 de agosto estaré trabajando […] por lo cual me es imposible asistir a los eventos que conmemoran la muerte de tu hermano Jaime.

Sin embargo los acompañaré de corazón, de mi corazón, de donde el recuerdo de tu hermano nunca ha partido, sigue presente.

No es el recuerdo del Jaime famoso, del Jaime embolador, del Jaime comediante, del Jaime amigo de Yamid Amat, del Jaime de televisión.  

A ese Jaime no lo conocí.

 

Es el recuerdo del Jaime, primo de mi novia de aquella época, del Jaime que le mamaba gallo a tu tío Alberto imitando el sonido del famoso Volkswagen, del Jaime que le tomaba el pelo a la sirvienta de tu tía llamando a las emisoras y pidiendo canciones por ella, del Jaime que se bañaba desnudo en el mar de Coveñas, del Jaime que se cayó en la sequía de la pista del Aeropuerto El Dorado y salió oliendo terriblemente a montarse en el platón de la famosa camioneta roja de Don Ramón, mi suegro, del Jaime con el que montábamos en moto hasta Tocaima a ver los murales que pintaba tu hermano Alfredo, del Jaime con el que desbaratábamos el carburador de la Kawasaki cuando se negaba a caminar más por las carreteras donde unos jóvenes alocados y llenos de ilusiones abarcaban el país. Esas ilusiones no murieron con Jaime, las llevo intactas en el corazón en homenaje a él.

 

Del Jaime que conocí es del que le hablo a mi familia y a mis amigos, para que nos ayuden a recordarlo siempre y de esa manera burlar a los que quisieron callarlo y no pudieron, porque lo que lograron fue que Jaime siempre viviera en nosotros.

 

Jaime está más allá de las mezquindades del mundo en que estamos, Jaime nos ganó en estar en un lugar mejor.

Siempre estaré acompañándolos de una manera u otra.”

Hasta aquí, el mensaje de Gabriel Vargas.

 

Ahora después de 15 años de ausencia, solamente nos queda rezar para que el niño Jaime descanse en paz, desde el cielo, o desde donde esté. Quizás se esté burlando de los ángeles o de los arcángeles. De lo único que estoy seguro es que mi mamá está disfrutando de “su gordito” otra vez.

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